HELISKI – EN BUSCA DEL ORO BLANCO
Relato exclusivo para los lectores de GPS Sports Magazine de un viaje de primavera a British Columbia en pos de la nieve virgen situada en lo más alto de Canadá.

Texto y Fotos: Peter Mathis        Riders: Sebastian Garhammer / Peter Bauer / Xavier Delarue

El 14 de abril de 1889 recibí en mi escritorio de la redacción del New York Times las primeras noticias del descubrimiento de oro en el Yukon. Por fin una noticia interesante. Fue cuando decidí subirme al buque carguero en Europa con destino a América hace 9 años, con el motivo de descubrir esta tierra, vivir aventuras, explorar nuevos paisajes y encontrar mis límites. Mi máxima motivación era la de vivir algo extraordinario, pero detrás de mi escritorio caliente, casi olvidé la razón de mi viaje.

En sólo dos semanas ya me encontraba en un vagón del East-West, escapando de la vida ajetreada de New York y empezando mi aventura y la búsqueda de riqueza. La conexión desde New York hasta Seatle funciona muy bien desde la construcción del nuevo ferrocarril, así que desde allí nos embarcaríamos por una semana con destino a Juneau. A bordo y con dirección a Alaska, conocí a otros tres aventureros, con los cuales compartimos sueños y deseos de explorar tierras lejanas.

Sabíamos que íbamos a tener desafíos muy duros, pero en ese momento sólo nos creíamos capaces de triunfar y su­perar cualquier obstáculo para volver­nos ricos… al menos en experiencias…

Pero a solo tres días de nuestra partida estábamos atrapados en el paso Chi­llkoot, adonde rápidamente nos enfren­tamos con la realidad: las temperaturas bajaron rápidamente y estábamos so­portando -30 Cº, con un viento que mul­tiplicaba el frío que soportábamos. Los pies y las manos sintieron rápidamente el terrible frío y nosotros dejamos de sentir nuestras extremidades. Con gran nostalgia recordaba mi silla calentita detrás de mi escritorio en Nueva York. Pero ya no se podía volver atrás. Todos los buscadores de oro pasaron por las mismas penurias, pero muchos realiza­ron sus sueños. Nosotros pensábamos que podíamos ser triunfadores.

Cuando llegáramos a destino esperába­mos poder reponernos, pero casi no tu­vimos tiempo para ello, dado que como un reguero de pólvora se corrió la noti­cia de que como a 150 km de este lugar se había descubierto un veta de oro. Así que juntamos nuestras cosas y partimos de inmediato. Llegamos a este lugar, que se llamaba Atlin y estaba en la Bri­tish Columbia. En ese lugar cumplimos con nuestro sueño pero también descu­brimos que la búsqueda de la aventura es más fuerte que la razón y que de este modo se logran los objetivos.
Por alguna historia como ésta, ocurrida hace 100 años, la ciudad de Atlin pasó a ser conocida. Pero en mi caso, el nom­bre de Atlin llegó a mis oídos a través de un amigo, cuyo padre tiene un cono­cido que le había dicho que se trataba de un lugar muy especial, en donde las montañas vestidas de blanco parecían no terminar nunca y ofrecían laderas increíbles para los amantes del esquí fuera de pista. La era de la información y de Internet hizo el resto. Otra de las cosas que escuché fue que para disfru­tar de las montañas a veces hay que esperar el buen tiempo, lo cual no es tan frecuente en esa parte del mundo. Pero de alguna manera me había picado el deseo de explorar esas laderas y a cada instante mi curiosidad crecía. Sólo dos semanas más tarde convencí a Peter Bauer de fuera mi compañero de aventuras una vez más. Así, la planificación del viaje se realizó en muy poco tiempo y pusimos fecha para principios de abril. Casi como el sueño de aquel aventurero del New York Times, de pronto el nuestro nos estaba llevando a Canadá en busca de nuestra propia aventura… Nuestra aventura en Atlin.

LLEGADA A ATLIN

Esta ciudad fue fundada hace unos 120 años con motivo de la fiebre del oro. Al principio contaba con unos 15.000 habitantes, principalmente buscadores de oro, tramperos, aventureros y locos en busca de buena suerte. Cuando se terminó el oro, la suerte no fue para todos igual, a pesar de lo cual optaron por quedarse unos 300 o quizás 400 mineros, quienes tuvieron que generar de alguna manera un modo de sostenerse.

En los años ´20, el tránsito de barcos con turistas hizo florecer de nuevo el pueblo, y en la actualidad la ruta aérea de la compañía Freaks trae amantes de las laderas vírgenes, como nosotros, oportunidad que los pobladores han tomado como otra manera de contribuir con su futuro… En cuanto a las minas de oro, todavía exis­ten, aunque hoy pertenecen a grandes compañías que emplean grandes má­quinas.

Desde que Atlin está conectada con la Alaska-Highway, creció el número de visitantes a la zona, y en especial desde que los helicópteros comenzaron a sur­car su cielo. El turismo es ya un buen negocio en la región, dado que se com­bina con los hoteles, bares y negocios de todo tipo, todo lo cual hace de Atlin un lugar sumamente acogedor.

Las montañas de Atlin no se pueden comparar con la altura de la nuestras en Europa, pero en este lugar se puede subir a un helicóptero y elegir las mon­tañas adonde bajar, cuyas pendientes sin marcas llegan tan lejos como pue­den ver tus ojos. Y con una mirada al continente americano podemos ver que si uno quiere bajar una montaña tras otra, tardaría 200 años.

Una vez que llegamos a Atlin, visita­mos a la compañía Atlin Heliskiing, cuyo nombre imaginó nuestro amigo austríaco, Leo Steiner, quien hace unos 20 años se trasladó a Atlin, conoció sus montañas e inmediatamente planificó su vida allí. Enseguida se compró un par de helicópteros, no sólo para cum­plir su propio sueño, sino también para tratar de cumplir el de todos aquéllos que buscan laderas con nieve en polvo sin huellas para dejar su impronta per­sonal.

Este pueblo nos recibió con una fuerte nevada, que compensó el hecho de que nuestro equipaje se encontraba perdido en algún lugar en Groenlandia. Pero al final eso también se resolvió de la mejor manera, y con nuestras cosas de nuevo junto a nosotros, nos preparamos para nuestra salida.

Nuestro guía, George, compartió nuestra cena, la mejor manera de cono­cemos y de prepararnos para la salida, que sería a la mañana siguiente. Después de hablar con él, quedamos convencidos de que estábamos en el lugar correcto y de que el guía poseía nuestra misma pasión y convicción. Pero también, además, la precisión Suiza y una enorme serenidad y calma.

EN LAS MONTAÑAS

Ya desde nuestro primer día de esquí recibimos lo que vinimos a buscar: una gran pista de unos 40 grados de inclinación hasta el final, con una nieve en polvo de ensueño.

Hicimos cinco turnos de descenso y al siguiente, el fotógrafo tuvo que sacrificar la bajada para lograr las mejores fotos. Un trago amargo para el francés…, pero es sólo el primer día.

No nos cansamos nunca. El tiempo es muy bueno por suerte, ya que Atlin se encuentra ubicada exactamente al dorso de la cordillera de Alaska, detrás de Juneau, con lo cual estábamos protegidos de la tormentas que llegan del Norte. La verdad fue que nos quedábamos sin palabras, pero por suerte les podemos contar a través de las fotografías una parte de lo que hemos vivido en Atlin.

Casi no tenemos días en los que no podamos volar. Los restos de las tormentas que logran pasar a través de las montañas sólo nos regalan más nieve en polvo. En los pocos que nos quedamos en tierra nos dedicamos a jugar con el auto que nos prestaron en el lago congelado: trompos a 130 km por hora con freno de mano y otras maniobras de rally. El lugar también es lindo. Posee un interesante paisaje y una soledad sobrecogedora. La gente del pueblo es muy amigable. Muchos viven aquí para estar en paz y sin estrés.

Al otro día, desde muy temprano se escuchan los ruidos de los rotores de los helicópteros, así que de nuevo a la acción. En este viaje descubrimos las pistas más impresionantes que hemos visto en nuestra vida. Cuando le preguntamos al guía si ya habían sido bajadas, nos miró con preocupación y nos reconoció que todavía nadie lo había hecho… Eso era lo que buscábamos: pendientes de 40 a 45 grados,

y con un desnivel de unos 1.200 metros.

La nieve, inmejorable. Y hacia allá fuimos. La razón por la cual estábamos en ese lugar era disfrutar, precisamente, de bajadas en nieve virgen, y buscar alguna pendiente que nos representara un desafío más. Es decir, buscábamos un poco de adrenalina.

En pocos minutos convencemos al guía y ya estamos a punto de realizar la pri­mera de las tres bajadas. Esta era increíble y no puedo describirla con palabras. Pero al completar la bajada, nuestra mayor descarga de adrenalina estuvo vincu­lada a las huellas frescas de osos marcadas en la nieve. Estos animales peludos se despiertan en esta época, después de la hibernación, con bastante hambre, y seguramente nosotros seríamos un buen plato para ellos. Así que rogamos para que el helicóptero viniera pronto y nos evacuara de esta zona…

De pronto, volviendo a Atlin, la llegada de la noche vino acompañada por un fue­go que se reflejaba en el cielo. En primer lugar pensé que algo que había comido me había caído mal, pero al instante recordé la famosa luz del Norte. Fue una de las obras de la naturaleza más impresionantes que vi en mi vida.

El último día, en coincidencia con nuestro sentimiento de máximo placer entre las subidas y las bajadas por pendientes increíbles, nos llegó la „crisis económica“. Pero nuestro piloto encontró la solución… Al principio pensamos que bromeaba, pero su idea generosa fue que podíamos pagar nuestras últimas horas de vuelo con nuestras tablas. Con gran felicidad pudimos agregar un par de bajadas más antes de nuestra despedida…

Nuestra aventura había terminado, y con mucho éxito. Seguramente nuestro ob­jetivo fue más sencillo de cumplir que el de los aventureros que llegaron 100 años atrás. Nosotros también fuimos ricos, pero nuestra riqueza se basa en todo lo que vimos y vivimos. Nuestros planes para el próximo viaje ya están hechos.

Para más información:
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Leo Steiner
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