Periplo por el norte Argentino

0


Periplo por el norte Argentino

  • Autor: Jose Luis Rios
  • Fotografías: Eduardo Furlan

Los viajeros desmenuzaron en esta recorrida la Quebrada de Humahuaca y los Valles Calchaquíes, desafiando con éxito las lluvias del último enero.

En enero, todo el Norte se viste de verde. Es la época de las lluvias, que de diciembre a marzo bañan intensamente las montañas de selva de neblina –llamadas Yungas– y los llanos del pedemonte, adonde derraman más de 1000 mm anuales, y con menor intensidad, en las zonas de Puna y de las llanura chaqueña, hacia el Este.

Por ahí andábamos con Tere, mi mujer, dispuestos a recorrer los caminos de la región con nuestro flamante Volkswagen Suran Diesel, que, gracias a su excelente despeje del suelo y a la respuesta sin fisuras del motor, nos permitió sortear vados y cruzar desbordes, que aportaron la cuota suficiente de aventura como para convertir este viaje en inolvidable. Y el sol, convidado de piedra en muchos de los días que invertimos en nuestro periplo, nos acompañó, sin embargo, lo suficiente como para animarnos a visitar todos los lugares que habíamos planeado.

Viajamos desde Buenos Aires por el nuevo camino que todo el mundo recomienda, con un excelente resultado: Panamericana hasta Rosario; Autopista Rosario-Santa Fe hasta la salida de la RN 19, situada a poco de pasar el último peaje; 15 km por la RN 19 hasta la RP 4; por ésta, tomar hacia el Norte pasando por Esperanza, María Luisa, Elisa y San Cristóbal, en donde se dobla hacia el Oeste hasta Arrufó, en el cruce de la RN 34. Por ésta tomamos hacia Santiago del Estero, dormimos en Ceres, en Santa Fe (allí pasamos una noche, pero sugerimos reservar en los dos hoteles que tiene con tiempo) y Rafaela.

Finalmente, en La Banda doblamos hacia la derecha en la estación de servicio y retomamos la RN 34, que se corre unos kilómetros y que está recientemente pavimentada. De ahí a Rosario de la Frontera hay un tirón de 175 km bastante solitario, hasta Rosario de la Frontera, cuyo remozado hotel termal bien merece un par de días de rélax. El resto es camino conocido.

Mimada por la UNESCO

Durante los primeros días hicimos base en San Lorenzo, deliciosa localidad situada en las afueras de la ciudad de Salta, en donde la lluvia jamás dejó de caer. Aprovechamos para recorrer los atractivos de la ciudad y para intimar con su vida nocturna. Para recomendar: el espectacular Museo de Alta Montaña, situado enfrente de la plaza principal, en donde reposan bajo rigurosas medidas de conservación las momias conocidas como Niñas del Llullaillaco. Esta historia es conmovedora: fueron halladas por un arqueólogo estadounidense acompañado por un equipo de argentinos, hallazgo que estuvo rodeado de polémica, ya que se consideró que se las estaban sacando sin permiso y fueron decomisadas casi por casualidad por un control de Gendarmería. Lo cierto es que el gobierno de Salta se hizo cargo y armó esta maravilla, que posee un circuito guionado que lleva hasta el plato fuerte, la visión de las momias, que, en realidad, van siendo rotadas desde las congeladoras cada tantos días, de modo tal que se ven de a una por vez. En cuanto a la noche salteña, es espléndida: nos deslumbró por lo auténtico el restaurante La Casona, lugar rústico en el que sirven comidas típicas y, más allá de algún show armado, uno puede llevar su guitarra y tocar en público. Por último, en San Lorenzo, Lo de Dionisio, lugar en el que se juntan los amigos por las noches,  ofrece las mejores pizzas y cervezas en varios kilómetros a la redonda. Recomendamos La Diabla, que además de muzzarella y salsa de tomate, tiene cantimpalo, ají, morrones asados y orégano.

El viaje a la Quebrada de Humahuaca, lugar que figura en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, resultó inolvidable. Allá nos alojamos en Tilcara, en las bellísimas cabañas Alas del Alma, en donde Mónica y Marcelo se desviven para atender a sus huéspedes. Extremadamente cálidas y confortables, con una arquitectura típica del lugar, están situadas a tres cuadras de la plaza. Tilcara merece un par de días, con su famoso Pucará y sus alrededores, para recorrer los cuales es recomendable contratar a Marcelo, gran conocedor de la zona, quien muestra sus caminos y serranías a bordo de su 4×4.

Siguiendo por la RN 9 hacia el Norte, aparece Huacalera, donde se conserva la capilla en la que se descarnó a Juan Galo de Lavalle, quien había sido muerto en su huida desde  Buenos Aires hacia el Alto Perú. Con esta medida, sus seguidores evitaron que los enemigos se apropiaran de su cuerpo. Más adelante, la pequeña población de Uquía se niega a pasar desapercibida: sobre la ruta se descubre, oculta en parte detrás de añosos árboles, su capilla centenaria, que tiene el privilegio de guardar en su interior un conjunto notable de pinturas cusqueñas, conocidas como “Los Angeles Arcabuceros”, caballeros alados armados con arcabuces. Humahuaca exhibe todo el encanto de sus callecitas angostas y sus restaurantes, en donde siempre hay música del altiplano tocada en vivo. Un espectáculo aparte es el San Francisco que, gracias a un antiquísimo sistema de relojería, aparece en una saliente giratoria y da la bendición todos los mediodías.

La Quiaca tiene más valor por los paisajes que ofrece el viaje que por su valor histórico, si bien, en las adyacencias, Yavi conserva intactos dos monumentos valiosísimos: su iglesia, que data de 1690, cuando llegaron los primeros españoles, y la Casa del Marqués de Tojo, amo y señor del lugar en el siglo XVIII.

El regreso por la RN 9 nos encontró tomando el camino a Iruya, antigua joya que formó parte de la cadena de aprovisionamiento que los españoles armaron mientras buscaban un paso al Alto Perú, que finalmente no pasó por allí. El poblado conserva sus casas de barro y la pureza racial de sus pobladores koyas, si bien está sufriendo un fenómeno que amenaza con sacarlo del circuito turístico que solicitan locales y extranjeros que ansían disfrutar de la auténtica cultura incaica: sin que nadie se moleste en evitarlo –mucho menos la autoridad local–, están proliferando construcciones de ladrillo hueco, algunas de más de un piso, que nada tienen que ver con la preservación del acervo cultural. Gran desilusión para lo que significó transitar el difícil camino de acceso.

En Purmamarca, localidad bien conservada, visitamos dos estupendos hoteles: El Manantial del Silencio, el primero de gran nivel en la zona; La Comarca, encantador con sus cabañas de ladrillo colorado; y El Amauta, en pleno centro, acogedor con su hostería y restaurante.

Abandonamos la localidad rumbo a las Salinas Grandes, un fenómeno único con su mar de sal y blancura, que nos obligó a atravesar la Cuesta de Lipán, un espectacular caracol que permite superar las alturas con sus múltiples y empinadas curvas.

Valles de Salta y Tucumán

Bajo la lluvia, partimos desde Salta hacia Cachi una mañana temprano, con el objetivo de redescubrir los Valles Calchaquíes. Realmente, una aventura, que nos llevó a esquivar rocas que se habían desprendido sobre el pavimento en las curvas de la Cuesta del Obispo y a demorarnos hasta la llegada de las máquinas camineras en derrumbes verdaderamente importantes.

Cachi, como siempre, es un bálsamo. Paramos en la excelente hostería del ACA, remozada hace pocos años y de muy buen nivel, para visitar también durante la estadía el increíble hotel y spa La Merced del Alto, situado en Cachi Adentro, desde cuyas habitaciones se descubre, a veces oculto entre nubes, el espectacular Nevado de Cachi.

Todas las poblaciones mantienen su encanto: Seclantás, Angastaco y San Carlos, pero especialmente Molinos, con su recientemente reciclado hostal, hoy convertido en un hotel de gran nivel y rebautizado Hacienda del Molino.

Cafayate bien merece una recorrida. Sus artesanos no descansan, como lo confirmamos en la casa de Claudio Gómez, en la Banda de Arriba s/n, un platero que hace cuchillos y mates como nadie. Pasamos una noche en el espléndido hotel Killa, en donde Marta, la dueña, consigue que uno se sienta como en casa, y visitamos también el Winery Resort, situado entre viñedos, cuyos propietarios, una joven pareja de profesionales en turismo, ha sabido dotarlo del estilo español y la quietud que el lugar se merece. En las afueras se estableció el enólogo mendocino José Luis Mounier, quien desarrolla unos vinos que están dando que hablar, y se produce en los alrededores queso de cabra del mejor.

De nuevo bajo una intensa lluvia, partimos por la RN 40 rumbo a Tafí del Valle, sorteando unos vados que no asustaron a nuestro bravo Suran, que parecía flotar en medio de la corriente. La Cuesta del Infiernillo nos sorprendió por su estado. El agua estaba haciendo estragos y debimos cruzar un derrumbe de agua y piedras ayudados por una máquina caminera. Tafí nos recibió pasada por agua, lo cual no nos impidió recorrer lugares tales como la Capilla de La Banda, en donde a la iglesita heredada de los jesuitas, que exhibe un túnel ya cegado, se le suma el Museo Arqueológico, que pasa revista a la cultura Tafí.

Sobre el final de nuestro viaje, recalamos en San Javier, en donde nos alojamos en el espectacular hotel Sol San Javier, reciclado hace no más de dos años y dota de un spa de muy buen nivel. Jamás olvidaremos la vista del valle que se obtiene desde los ventanales del restaurante y de su terraza aledaña, que de noche permite distinguir la ciudad de Tucumán en forma de diminutas lucecitas que parpadean allá abajo. Dos noches y dos circuitos de spa nos dejaron como nuevos y nos animaron a acercarnos hasta El Siambón, en donde visitamos el Monasterio de Cristo Rey, fundado por los monjes benedictinos afincados en Victoria, Entre Ríos, en 1956, y al embalse El Cadillal, centro de actividades náuticas tales como el canotaje, el windsurf, vela, buceo y jet ski.…

Con el espíritu en paz, emprendimos el regreso a Buenos Aires, decididos a regresar y recorrer todo lo que todavía nos faltaba para considerarnos expertos en las bellezas naturales del Norte argentino.

mayo 6th, 20091:40 pm @ eduardo