- Autor: Eduardo Furlan
- Fotografías: Eduardo Furlan
Pequeñas capillas y monumentos históricos hechos con adobe, barro, paja y estiércol abarcan este recorrido de 50 kilómetros entre Tinogasta y Fiambalá, en Catamarca.
La integración entre el hombre y la tierra; la historia y la tradición; la vida cotidiana y los credos ancestrales, el apogeo del pasado y la agonía del presente se combinan en la Ruta del adobe, en Catamarca.
Allí, las iglesias de adobe son las construcciones que más llaman la atención del visitante. Sus cúpulas redondeadas, sus formas y líneas, sus arcos y sobre todo su color, marrón terracota, las hacen únicas.
La denominada “ruta del adobe”, puede hacerse en uno o dos días. Se toma como base la ciudad de Tinogasta, a 280 kilómetros de la capital catamarqueña y allí está Casagrande, centenaria casona que perteneció al vicecónsul chileno Rodolfo Orella, y donde ahora su bisnieta Bárbara instaló un complejo turístico que brinda hospedaje y que tiene un restaurante.
¿Qué es el adobe?
El adobe (para quien no lo conoce) es uno de los materiales más nobles que tuvo el hombre desde su remoto pasado para construir sus viviendas.
Es una mezcla de arcilla, pasto o paja, tierra y agua, tan simple como duradera. Aunque siempre estuvo asociado a la pobreza o a lo precario, sus ventajas son múltiples. Las temperaturas exteriores, tanto bajas como elevadas, tardan en entrar más de cuatro horas cuando las paredes son de adobe; hoy, una pared de cualquier vivienda moderna iguala en cuestión de minutos la temperatura interna con la exterior.
El adobe sirve para equilibrar la humedad, a lo que se suman otras ventajas, como su simple y rápida maniobrabilidad que permite crear formas arquitectónicas que no pueden lograrse con otros materiales.
Teniendo en cuenta el aspecto ecológico, el adobe no tiene impacto negativo para el medio ambiente, a diferencia de otros materiales que basan su existencia en la deforestación (la madera) o en la explotación minera (piedras y lajas). Es reciclable y, además, económico.
La Ruta del Adobe comienza en Casagrande, un predio que tiene 2 mil metros cuadrados de superficie y que fue el centro de una finca más grande, que se construyó en 1808. Esta construcción de adobe tiene techos de seis metros de alto y muros de entre 50 y 70 centímetros de ancho.
De allí se parte hacia El Puesto, en donde se alza la primera de las iglesias consagrada a la Virgen del Rosario, a principios del siglo XVIII. Se trata de una capilla privada, de allí su nombre: Oratorio de los Orquera. Su nave de techos con vigas de algarrobo curvado y una torre campanario de estructura circular realizada en barro preserva una impresionante imagen de la Virgen, un óleo de la Sagrada Familia e imaginería procedente de Chuquisaca.
La ruta prosigue 5 kilómetros hasta La Falda. Ese es el nombre de la localidad donde se alza la Iglesia de Andacollo, un templo de mediados del siglo XIX que combina el adobe de las paredes con molduras de cemento y cal. Semidestruido por un movimiento sísmico será, aseguran los lugareños, reconstruido con las técnicas originales de la época.
Homónimo de un famoso pueblo riojano, el Anillaco de Catamarca fue un importante centro económico y religioso. Allí, en un edificio de 1712, funciona el Museo Histórico Provincial Mayorazgo. Propiedad de don Gregorio Bazán y Pedraza, este antiguo establecimiento rural fue construido en adobe y algarrobo, con techos curvados que recuerdan las estancias andaluzas de la época. En Anillaco se luce la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, quizás el más perfecto exponente de la arquitectura en adobe. Fechada a principios del siglo XVIII, se destaca por los muros de adobe de un metro de ancho, el techo de caña y barro y el piso de tierra. Atesora antiquísimas imágenes venidas del Alto Perú.
La ruta sigue hacia Batungasta, a orillas del río La Troya. En este caso, el atractivo no es una iglesia, sino los restos de un asentamiento indígena conocido como Watungasta, “pueblo de los grandes adivinos”, que se remontan a principios del 1700. Las verificaciones científicas hablan de once siglos de ocupación ininterrumpida, desde el año 500. Las ruinas de una ciudad fortificada —pucará— con viviendas simples y lugares de reunión se extienden unas 11 hectáreas, que funcionaba como centro estratégico para el intercambio transandino.
El circuito finaliza en Fiambalá, sede de dos de los hitos de esta ruta del adobe. Apenas se ingresa al pueblo, a 3 kilómetros del centro, se puede admirar la Iglesia de San Pedro de 1770, un auténtico ejemplo de la arquitectura colonial. El capitán español Domingo Carrizo dispuso su construcción y ordenó traer desde Bolivia la imagen de San Pedro Caminador alrededor de la cual gira el culto. Cada 29 de junio, este templo declarado Monumento Histórico Nacional, concentra la festividad del santo patrono.
A sólo un kilómetro de allí, la Comandancia de Armas, levantada en 1745 por Diego Carrizo -quien trajo las primeras cepas de vida la región-, el conjunto alberga murales de soldados arcabuceros flanqueados por columnas salomónicas, candeleros, monturas e instrumentos de labranza. Una ecléctica colección de un museo y la última página de una historia escrita en barro.
En la Ruta del adobe pueden observarse las obras labradas por las manos del hombre. Los monumentos reflejan distintos estilos arquitectónicos con admirables fachadas, ornamentos y arcos. Estas bellezas indescriptibles muy pronto pasarán a ser parte de uno de los atractivos de mayor importancia de Catamarca, ya que a partir del adobe es posible llegar a entender la relación milenaria entre la tierra y el hombre, nada más ni nada menos.
mayo 6th, 2009 → 1:34 pm @ eduardo










fernando
1 year ago
hola queria saber si esta ruta es posible hacerlo por cuenta propia en auto