La Octava Maravilla del Mundo

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La Octava Maravilla del Mundo

La profunda herida por la que se desangra el río Iguazú, sumada a un entorno de  exuberante selva subtropical, permiten considerar a este gigantesco conjunto de saltos en uno de los atractivos turísticos más destacados del planeta.

El trencito a gas jadea suavemente; casi imperceptiblemente se podría decir. La selva se va abriendo a su paso hacia la Garganta del Diablo, el premio mayor del circuito que permite descubrir en toda su inmensidad las Cataratas del Iguazú. Los pasajeros, ávidos de naturaleza, no ahorran exclamaciones de asombro en cada curva. La espesura les reserva múltiples sorpresas y nadie se resiste a expresar su conmoción.

En las pasarelas, mientras tanto, los visitantes tienen la oportunidad de recorrer íntimamente cada salto de agua; de sentir como el agua, rojiza y turbulenta, se escurre bajo sus pies para dejarse caer, resignada, en verdadera sangría sobre el curso inferior del río Iguazú. El milagro ha ocurrido; la naturaleza ha hablado. Y los que festejan son los miles de visitantes argentinos y extranjeros que visitan las Cataratas del Iguazú durante todo el año.

El entorno de esta verdadera “8ª Maravilla del Mundo” compite con las caídas de agua, a pesar de que éstas han sido declaradas Sitio del Patrimonio Mundial por la UNESCO. Es que se trata ni más ni menos que de uno de los dos lugares de mayor biodiversidad de la Argentina, la subtropical selva misionera o paranense -el otro es la nuboselva o selva de Yungas, que penetra algo atenuada a territorio argentino desde Bolivia como una lengua verde que interesa las provincias de Jujuy, Salta y Tucumán-, tierra de timbóes y palos rosa; del lapacho amarillo y del ibirá pytá; y de una especie selvática de ceibo con flores de color rojo-anaranjado. Pero, asimismo, es hábitat de yaguaretés y tapires; de ocelotes y tiricas, y también del oso hormiguero y el mono caí, la pava de monte (como, por ejemplo, la yacutinga), las águilas selváticas y el yacaré overo. Claro que toda esta diversidad de especies se encuentra protegida por las 67.000 hectáreas del Parque Nacional Iguazú, creado con el fin de preservar un tramo de la selva paranaense, devastada tanto en nuestro país como en Paraguay y Brasil.

Las cataratas, el atractivo

Hoy por hoy, las Cataratas del Iguazú constituyen uno de los sitios más visitados de la Argentina y un fuerte imán para los turistas extranjeros, dado el grado de conservación que exhibe el área protegida, que asegura una excelente conjunción de paisajes exuberantes y prácticamente vírgenes, aunque también las facilidades incorporadas hace algunos años, que permiten un sinfín de modos de recorrerlas, inclusive para personas con movilidad reducida.

El visitante cuenta con varias alternativas a la hora de visitar el parque. Al traspasar los molinetes de la entrada, se encontrará con un moderno Centro de Visitantes, en el que podrá recabar toda la información naturalística y de servicios del área. Allí deberá decidirse entre tomar el tren “ecológico”, que funciona a gas como un modo de impactar lo mínimo posible en el ambiente, para llegar al circuito Garganta del Diablo, o seguir transitando por el Sendero Verde para comenzar a descubrir la flora y la fauna que cobija la selva. De todos modos, quienes opten por este modo de entrar podrán tomar el tren en la Estación Cataratas y acceder también a las salidas de los circuitos Inferior y Superior, y de la isla San Martín.

El circuito Superior es el más accesible, dado que no posee rampas ni escaleras. Sus 1200 metros de longitud transcurren entre arbustos y ruidosas cascadas, desde cuyas cúspides se experimenta una fuerte perplejidad ante la “violencia” de los 275 saltos, que se precipitan desde 80 metros de altura.

Las pasarelas del circuito Inferior, en cambio, va bordeando saltos como el Dos Hermanas y el Escondido, descendiendo mediante centenares de escalones, obligando a los visitantes a protegerse de los chubascos provocados por las salpicaduras producidas por el Bossetti.

También la Isla San Martín merece una visita. Sólo hay que cruzar en los botes a motor que se encuentran al pie de las pasarelas y prepararse a recorrer sus senderos y disfrutar de la visión que se obtiene desde ese promontorio rocoso. Otra opción es tomar los gomones que llegan hasta las rompientes, verdadera inyección de adrenalina.

Si el visitante no ha tomado aún el tren a la Garganta del Diablo, la Estación Cataratas espera en las inmediaciones. Preparado también para trasladar a personas que sufren diversas discapacidades, arriba lentamente a la Estación Garganta del Diablo, desde donde parte la pasarela rumbo al Salta Unión, el plato fuerte del espectáculo. Sobre el filo mismo de la gigantesca garganta, los turistas asisten, atónitos, al dramático final del curso superior del río Iguazú, que reacciona con un rugido que se siente a varios kilómetros de distancia y con una llovizna que empapa a quienes se animan a desafiar su claudicante vitalidad.

La aventura de la naturaleza

Varias son las actividades complementarias que se pueden contratar durante la visita a nuestras Cataratas. Una es la Gran Aventura, de una hora de duración, que comienza con un recorrido de 8 km a bordo de vehículos todo terreno por el sendero Yacaratiá, sigue con una excursión en embarcaciones semirrígidas a lo largo de 6 kilómetros del río Iguazú Inferior, dos de los cuales obligan a enfrentar una serie de rápidos, para ingresar luego al cañón de la Garganta del Diablo con el fin de aproximarse a los saltos y desembarcar frente a la Isla San Martín.

La Aventura Náutica, por su parte, es muy solicitada por quienes disfrutan de las sensaciones intensas. A bordo de botes semirrígidos, los visitantes ingresan al cañón de la Garganta del Diablo y se introducen en la bruma que provocan los diversos saltos del lado argentino, desde donde se obtiene también una vista privilegiada de los brasileños. Son 12 intensos minutos, de ésos que no se olvidan jamás.

Pero si uno desea intimar más con la naturaleza, el Paseo Ecológico le brindará la oportunidad de conocer el breve delta del río Iguazú Superior a bordo de botes neumáticos a remo. Un guía especializado aportará la información suficiente como para entender las relaciones entre las distintas criaturas de la selva, en medio de un silencio sólo interrumpido por el sordo rugido de las cascadas. Estas salidas duran unos 30 minutos y salen de la Estación Garganta del Diablo.

En tierra guaraní

Pero en la región de Iguazú no sólo las Cataratas constituyen un atractivo. La selva y sus habitantes también convocan con la fuerza de su cultura. Es el caso de la aldea Fortín M´Bororé, una de las comunidades guaraníes más grandes de la provincia de Misiones. Los turistas, vestidos con ropas livianas a acompañados de sus cámaras de fotos y filmadoras (no olvidar el repelente de insectos), son trasladados desde sus hoteles en vehículos equipados hasta el caserío, en donde los miembros de la comunidad los introducirán en los conocimientos de la supervivencia en la jungla: las trampas y técnicas para cazar, y las plantas con secretas propiedades medicinales. También ofrecerán sus cantos y sus expresiones artesanales, para las cuales emplean técnicas tradicionales comunicadas de generación en generación.

De este modo, en dos horas uno podrá adquirir otra visión de los pueblos originarios y comprender su modo de vida en armonía con la naturaleza.

En todo el territorio misionero campea la aventura., favorecida por su relieve quebrado, sus casi 300 arroyos, el gran río Paraná y la selva exuberante, rica en las áreas de reserva; vacilante en el resto de la provincia. Así, excursiones en 4×4 por caminos secundarios de tierra colorada, cabalgatas, caminatas, canotaje, flotadas y programas de ecoturismo, se disputan las preferencias de los visitantes, que suelen quedar deslumbrados ante este alarde vital. Mientras tanto, desde la selva atisba su paso un sinfín de especies de fauna, compuesto por mamíferos (a los ya nombrados, se suman el puma, el coatí y el ocelote, entre otros), aves (por ejemplo, el vencejo, que vive en medio de los saltos de agua, además de cinco especies de tucán y hasta la harpía, águila en vías de extinción en la Argentina) y reptiles (además del yacaré overo, pequeñas lagartijas que se trepan a las barandas de las pasarelas y escaleras del parque), aunque muchas veces el show está asegurado por la presencia de las multicolores mariposas, que tiñen los charcos de agua con su predominante amarillo y sus manchas y dibujos negros. Si a este elenco faunístico le sumamos las alrededor de 1000 especies de orquídeas, los helechos, los lapachos y las azaleas, comprenderemos el porqué de la presencia de tantos turistas, que no escatiman tiempo para visitar, como complemento de su visita a las cataratas, una incursión por las ruinas jesuíticas de San Ignacio, que recientemente han cambiado su espectáculo de luz y sonido por representaciones en vivo. Bajo el título de “Musica y sonido: las procesiones de Corpus Christi”, pone a 60 personas en escena, dando vida a un Circuito Religioso que incluye también espectáculos similares en las ruinas de Santa Ana y Loreto, y que cuenta con aportes del Estado y de entidades internacionales.

En cuanto a los servicios turísticos, se concentran principalmente en la ciudad de Puerto Iguazú, enclave fronterizo de 45.000 habitantes que aglutina hoteles, restaurantes y agencias de viajes. Cuenta con 5200 camas para atender la demanda nacional e internacional, que se encuentra en franco crecimiento. Uno de los hoteles de la ciudad cuenta con casino, el cual está considerado de nivel internacional.

Por todas estas cualidades, las Cataratas del Iguazú constituyen hoy un destino internacional muy buscado por quienes aspiran a encontrar un lugar que combine a la perfección naturaleza, paisajes y servicios.

abril 13th, 200911:33 pm @ Federico Reinoso