Bariloche, tan mentada y tan visitada, con sus paisajes y su infraestructura de gran nivel, tiene, sin embargo, mil facetas, muchas de ellas vinculadas a los últimos adelantos en infraestructura que ha venido experimentando. El autor de la nota nos brinda  una nueva e inspiradora mirada de uno de los destinos turísticos más importantes de la Argentina.

Esta historia confunde imaginación y realidad. Pero lo cierto es que desde aquel día ya nunca volví a ver  Bariloche con los mismos ojos…

“¿Podrías ir a buscar a una persona al aeropuerto…?”, recuerdo que me preguntó un amigo. Y fue suficiente como para poner rumbo al aeropuerto de Bariloche sin detenerme a pensar siquiera en el nombre del viajero. Sólo imaginé a un hombre maduro, vestido a la antigua…

El vuelo llegó con apenas 10 minutos de retraso, suficientes como para vagar un poco por la terminal aérea y dejarme sorprender por el nuevo sector de locales de la planta alta, la confitería de abajo, los cuadros, las esculturas… “¡Va a tener mármol de Carrara!”, se entusiasmaba Fernando González cuando anunció, hace 15 años, la construcción de la que iría a reemplazar a la ya cansada estación aérea. Y cumplió: este aeropuerto, que recibe por año más de 3000 vuelos, es 10 veces más grande que el anterior y decididamente más bonito.

La presencia del viajero me sacó del ensueño: distinguido aunque simple, estaba de pie entre los pasajeros que ya salían al hall con sus valijas. No llevaba equipaje, pero eso no me sorprendió. Lo saludé como si nos conociéramos de toda la vida y, sin hablar, fuimos hasta el auto, y de allí, a la ciudad.

Cuando cruzamos la ruta de Circunvalación, estuve a punto de explicarle que rodea a Bariloche por el Sur, como un gran lazo que permite a los transportes evitar el casco urbano y empalmar, un poco antes del basural, con la ruta 258 -que ahora es la 40 Sur-, rumbo a El Bolsón… y más allá. Pero me contuve. Pude ver en sus ojos de agua; en su cara de asombro, que se estaba bebiendo el paisaje como si volviera a Bariloche luego de… ¿40, 50 años?. Desde ese momento no hice más que mirarlo todo con sus propios ojos y asombrarme con el contraste de los tiempos.

El “viejo” no prestó atención a Las Victorias, una colina cubierta por un centenar de casas con jardines incipientes, ni a la media docena de barrios privados que en la última década se abrieron a ambos lados de la ruta. No reparó en la Terminal de Ómnibus, que -¡pronto!- será reemplazada por una que dé abasto, ni en la estación del ferrocarril, adonde piafó por primera vez la locomotora a vapor, allá, en el ´34. Iba mirando hacia el lago, en donde la pequeña vela de un kite-surf se inflaba a 20 metros de altura por sobre el agua encrespada. Un poco más allá, un surfer aferrado a su vela a franjas cabeceaba en dirección a un velero, seguramente practicando para la Semana Internacional de Windsurf, que se realizará en el próximo enero.

A todo esto, el “viejo” parecía traspasar la distancia y el tiempo, buscando acaso la figura del Modesta Victoria -¿habrá visto cuando la botaban, a fines del ´38?- o la del Patagonia, ahora amarrado en el Puerto San Carlos, que este verano será escenario de una transformación histórica cuando el mayor barco que haya surcado el lago Nahuel Huapi levante amarras rumbo a la Isla Victoria.

Ibamos avanzando por la Exequiel Bustillo, a la sombra de los pinos que él -Ezequiel- tal vez vio cuando eran plantados por las cuadrillas de su hermano Alejandro, el arquitecto que impuso su estilo a los parques nacionales en el desarrollo del turismo, hacia fines de los ´30 y en los ´40. La iglesia -ahora Catedral-; el Centro Cívico, con el Museo de la Patagonia; el puerto y su pista de patinaje sobre hielo; los boliches de la costanera, frente al helipuerto…

Me di cuenta de que la tremenda explosión de construcciones debió impactarlo, y no sólo por los hoteles y demás alojamientos (que suman tantas camas como Tierra del Fuego, Chubut y Santa Cruz juntas), sino por los 120.000 o más habitantes que exhibe hoy Bariloche, unos cuantos por encima de los 10.000 que tenía la ciudad en el ´50, cuando llegaban 55 mil turistas cada año.

Miré de reojo y creí advertir esa piel de pergamino estirándose apenas al momento de sonreír, como embelezado por los recuerdos. Y me decidí a llevarlo de paseo por su pueblo…, adonde nos llevara el viento.

Por la que fue la primera ruta asfaltada de la Patagonia, encaramos bordeando el lago hacia el hotel Llao Llao, mientras que al fondo aparecía de tanto en tanto la hoya del cerro López, el único refugio del Parque Nacional que se ve desde la ciudad y al que prácticamente se puede llegar -en realidad, se llega casi hasta unos 800 metros antes, a una plataforma cercana- con excursiones en 4×4; el camino, alucinante con sus paisajes y sorpresas, parte desde la ruta que une el Circuito Chico con Colonia Suiza, justo adonde está la sede operativa del canopy, ese extraordinario vuelo tendido que se realiza por las copas de los árboles y que cualquiera puede animarse a disfrutar con sólo imaginar que se es Peter Pan.

Cuando pasamos frente al Cerro Viejo tuve ganas de hacerle conocer el Museo del Montañés, que armaron los Hardt en ese bosquecito de arrayanes, justo adonde llega el tobogán gigante Alpine Slide y por debajo de la aerosilla que sube hasta cerca de la cumbre del Runge, para brindar una vista magnífica del entorno.

Pero preferí seguir. Ya tendríamos oportunidad de subir en la aerosilla al Cerro Campanario, cuya cima ofrece -según dicen los fotógrafos de la National Geographic-  una de las diez mejores vistas del planeta. O nos daríamos una vuelta por el cerro Otto…, ése en el que se corrió la primera carrera de esquí de Sudamérica; ése al que la extraña pasión de don Boris Furman dotó de una confitería con piso giratorio, una idea singular para quien trabajó toda su vida y, cuando hizo fortuna, la donó para mitigar el dolor de otros. ¿Qué sabría este anciano de la suerte del Bergof, el hogar de Otto Meiling, quien después de trabajar en el puerto se afincó bien arriba para enseñar a esquiar, a escalar, a tenerle amor a la montaña?

Pasamos frente a Playa Bonita y la isla Huemul, la de los fallidos ensayos de fisión nuclear; de la Escuela Militar de Montaña, que recibiría el nombre del entonces coronel a quien Edelmiro J. Farrell puso como director sin adivinar que luego sería Presidente; del Centro Atómico Bariloche, con su reactor nuclear experimental… Y al llegar al arroyo Gutiérrez, hubiera querido que una trucha saltara junto al puente, frente al monumento a los Pioneros, para ver su cara de sorpresa.

Ibamos en silencio. Él, como tragándose el paisaje a sorbos, y yo, aturdido por la infinidad de cosas que me moría por contarle: que después de tantos años hay otro cine, con siete salas -el Biógrafo, que funcionaba en La Escalerita, se incendió-; que se sigue haciendo la Fiesta de la Nieve cada invierno -y vamos por la 36-; y que la Semana Musical Llao Llao sale cada vez mejor; que el Estadio Municipal revienta cada vez que juega Cruz del Sur contra algún equipo del Valle -y que este año salió campeón-; que si viera el hospital, en obras, no lo reconocería…

¿Y qué podría reconocer, acaso? Muchas viviendas, sin duda. Hay un circuito histórico imperdible que recorre aquellas construcciones que si ahora aparecen grandes, ¡lo que habrán sido en el descampado, hace un siglo!

¿Qué estará viendo el “viejo”? ¿Lo de hoy, o lo de antes? Cuando llegamos al Llao Llao, no hizo falta contarle que ahora es un Hotel & Resort Golf-Spa y que fue nuevamente elegido entre los 100 mejores del mundo. ¿Acaso habrá visto el bosque de la península que permitió su construcción y dio lugar a las canchas de golf, aunque duró poca su gloria, para sucumbir bajo las llamas al año de ser inaugurado?

Atrás quedó Villa Tacul, y cuando pasamos por Bahía López, por el puente que cruza sobre el arroyo Angostura, vi a un par de buzos en la costa, a punto de entrar a las frías aguas del Nahuel para explorar el bosque sumergido en las laderas. El viejo -por suerte- pareció no verlos y se quedó pendiente de un pescador que “casteaba” en la costa, bajo la sobra de un coihue gigantesco.

Torcimos hacia el Sur y al pasar frente a la picada que sube al Cementerio del Montañés, me mordí los labios para no decirle que allí estaban… seguramente muchos de sus amigos; gente de montaña. Y se se me apareció de golpe la sonrisa franca del último que llevamos en andas, el doctor Schad, hasta bien, bien arriba en la picada.

El arroyo López, que cruzamos luego, era una invitación a la aventura. Porque allí se abría el sendero que lleva al refugio y desde éste, a la docena y media de construcciones dispersas por el cordón de montañas del Parque Nahuel Huapi, el sistema de refugios y vivacs más extenso y nutrido del país, paraíso, además, de la escalada en roca, el trekking y el montañismo. ¡Qué ganas de subirlo. Pero, ¿cómo?. Hasta el Refugio Frey, para que viera las decenas de carpas rodeando la laguna Toncek, y las agujas con jóvenes como moscas, practicando arrampicata.

Y hablando del Frey… ¡tenía que llevarlo al Catedral! Claro que en verano cuesta imaginar lo que es esto en plena temporada invernal, cuando 250.000 visitantes -la mayoría, esquiadores- invaden sus laderas. Las misma que en el ´36 Hans Nöbl señaló, sellando de ese modo su destino. Fue la cuna del esquí en Sudamérica y hoy, cuando hay una docena de centros invernales en todo el país, tiene tanta capacidad de elevación en sus medios como la suma de todos los restantes. Un coloso. Y más de 20 paradores gastronómicos y tres mil camas en su base, y… una actividad que no se detiene nunca: todo el que sube en verano puede practicar escalada, rappel, trekking, mountain bike, paseos en four trax y hasta mountainboard (skate con ruedas especiales sobre pistas de pasto) en la base, y volar en parapente desde la cumbre.

Pero ya que no íbamos a subir al Frey, al menos podíamos ir hasta la base del Tronador. Me entusiasmé con tomar la 258 -¡perdón!, ahora 40 Sur…-, hasta pasar Villa Mascardi, y doblar hacia el Oeste, siguiendo la misma ruta que 20.000 personas toman cada año para gozar de uno de los lugares más maravillosos del Parque: la Cascada los Alerces, Los Rápidos, Pampa Linda, las nacientes del Manso en el Ventisquero, el Paso de las Nubes…!

Se hacía tarde ya y adivinaba un poco casado a mi compañero. Seguíamos sin cruzar palabra, pero no hacía falta. Es más: ni lo miraba. Sólo iba yo, por dentro, relatando sin hablar lo que veía; lo que quería ver. Y se me cruzaban imágenes de estancias en plena estepa, aquí nomás, con los “gringos” alucinados ante un chivito al asador, junto con el sonido de las motosierras tallando figuras en el concurso de escultores en el Centro Cívico; con presidentes de quién sabe dónde, con su protocolo de lentes oscuros y ciervos bramando en otoño; con ejecutivos cabalgando las olas de un rápido en el Manso y los alambiques de cerveza artesanal; con el circo en la costanera y aquel satélite que vi en la villa Soria Moria y ahora adivino viajando a 25.000 kilómetros por hora y a 700 kilómetros de la Tierra…

Regresamos a la ciudad al caer la tarde. Tal vez por instinto bajé derecho por Pasaje Gutiérrez y aparecí en el Club Andino Bariloche, decano de los clubes de montaña, frente a la Intendencia del Parque Nacional, a metros del Centro Cívico. Juro que sólo me bajé un segundo… y lo perdí de vista. El “anciano” ya no estaba allí. “Seguramente, está en donde quiere estar”, me convencí. Y me fui entonces a rendir cuentas de la tarea cumplida.

“¡Hola, Palo, cómo andás!”. Y a continuación: “¡Che! Lo del hombre del aeropuerto era una broma, ¿eh!?” No estaba dispuesto a discutirlo. Ni hacía falta. Sólo conservo para mí la sensación de que ya nunca Bariloche será igual. Hasta ahora creía conocer esta ciudad. Pero acabo de verla con otros ojos… y me ha vuelto a enamorar.