- Autor: María Izaguirre Pons
- Fotografías: Sebastián Pilón
AVENTURA A MACHU PICCHU
Cuatro amigos llegaron a la Montaña Sagrada de los Inkas desde La Quiaca en tren y combinando mountain bike con trekking.
Verónica, Nicolás, Sebastián y María, cuatro jóvenes aventureros, unieron La Quiaca con Machu Picchu en tren, ómnibus y mountain bikes por la Puna, para llegar a la legendaria fortaleza de los Incas con un trekking a través de la selva. El viaje los llevó por Potosí, Sucre, La Paz, Copacabana, el lago Titicaca y Cusco, maravillas que se cuentan en esta nota testimonial.
A las 15:30, el tren a Uyuni se puso en marcha. Habíamos cruzado de La Quiaca a Villazón, en la frontera con Bolivia, y comprado boletos en Clase Ejecutiva. Luego de
varias vicisitudes, con detenciones por obstrucción de las vías debido a la lluvia, llegamos a Uyuni a las 7:30 del día siguiente, muy demorados, pagamos un hotel y contratamos un tour al famoso salar, además de dejar todo arreglado para partir a las 20 hacia Oruro en colectivo.
Al día siguiente ya estábamos subidos a la Toyota Land Cruiser comandada por Primo, que llegó en compañía de Hernán y Regina, gente grande y muy rica, y de Arturo y su chica, de quien jamás supimos si era o no muda. Así, llegamos a Colchani, el pueblo anterior al salar, adonde nos dedicamos a recorrer sus calles y en el cual pagamos por un baño y para entrar al museo de sal.
Salimos al salar y como había llovido, estaba cubierto de agua hasta donde alcanzaba la vista. Hacía frío. Nos internamos en este mar blanco hasta llegar al legendario hotel de sal. Nuestros nuevos amigos Hernán y Regina aprovecharon para recomendarnos ir a Potosí en lugar de a Oruro, por lo que apenas volvimos a Uyuni los chicos fueron a la terminal y al grito de “¡¡¡Oruro, Oruro!!!” vendieron los pasajes y compraron otros para el nuevo destino.
Rumbo a Potosí y Sucre
Luego de buscar información, partimos hacia Potosí en un ómnibus medio antiguo, cuyo pasillo iba atestado de gente sentada en el piso. Luego de algunas vicisitudes con la dirección de esta verdadera batidora, llegamos a las 3 de la mañana y nos fuimos al Hostal San Marcos, adonde descansamos hasta las 8. Contratamos para la tarde una excursión a las minas de plata y nos fuimos a recorrer la ciudad, que resultó realmente muy bonita. Terminamos nuestro mediodía con una visita guiada al Convento de San Francisco, y luego de discutir adónde almorzar, entramos en un comedor llamado Potocchi, en el que tomamos una Sopa de Quinoa y comimos llama y unos spaghettis a la carbonara.
Nos pasaron a buscar por el hotel para la excursión a las minas del cerro Rico a las 14:30. Iban con nosotros dos chicas de Bariloche y tres chilenos. Ya enfundados en los uniformes de los mineros, subimos nuevamente a la combi para dirigirnos al mercado de materiales, adonde Humberto (nuestro guía y ex minero) nos explicó cómo viven –o sobreviven– los mineros, y también cómo se prepara la dinamita. Compramos los elementos apropiados y una vez que regresamos, Humberto preparó todo y… ¡explotamos el cerro!
Para ingresar a la mina nos dieron linternas de casco. Luego de recorrerla y de conocer a Tío, dios de los mineros, salimos de la mina en cuatro patas, y una vez en el
hostal, nos derrumbamos sin miramientos.
A la mañana siguiente fuimos a la archifamosa Casa de la Moneda, para luego dirigirnos al Mercado Central, adonde había una “pichinchada”. Luego de almorzar en La Candelaria, tomamos el taxi que nos iba a llevar hasta Sucre. Al volante iba Edwin, un potoseño de 24 años, quien nos llevó a mil hasta Sucre y nos tiró algunos datos por el camino. En esta ciudad nos dejó en el Residencial Bolivia, en pleno centro.
Ni bien nos acomodamos, salimos a caminar por la plaza principal, el parque Bolívar, el Mercado… Nos sacamos fotos “artísticas” y volvimos al hotel para después recalar en Locot´s, un lugar muy lindo en donde comimos fajitas, pique macho, papas rellenas y mondongo, comida típicamente boliviana, muy picante.
Al día siguiente recorrimos los museos, la catedral y la Casa de la Libertad, en la que descubrimos la primera bandera argentina. Caminamos hasta la recoleta y comimos disfrutando de una vista espectacular de la ciudad, tras lo cual visitamos el museo textil indígena –muy bueno– y el etnofolclórico, gratuito, que resguarda todas las máscaras de los Carnavales y de otras festividades bolivianas. Para la cena, elegimos un bar situado al frente de la Catedral, en donde hay muchos y con muy buena onda.
La mañana siguiente nos encontró un poco intoxicados, a pesar de lo cual aprovechamos para recorrer el centro y para almorzar. Luego, le llegó el turno al cementerio, que es muy pintoresco, en donde nos guió un chico que conseguimos en la puerta. Regresamos al hotel para buscar las mochilas y nos fuimos a la terminal para tomar el ómnibus a La Paz.
En la Isla del Sol
Arribamos a La Paz a las 7:30, luego de un viaje tranquilo. Llovía a cántaros. Tomamos un taxi para ir al hotel que habíamos contactado pero, por consejo del taxista, terminamos caminando bajo la lluvia hasta la Plaza Murillo, la principal de La Paz, y alojándonos en el hotel Torino, que resultó, en efecto, un poco mejor. Una vez instalados…, ¡nuevamente a recorrer la ciudad! Visitamos el mercado de brujas, que resultó excelente: allí venden ofrendas para los dioses, fetos de llama, hojas de coca y artesanías, y también conseguimos abrigo.
Luego de almorzar contratamos una excursión a las ruinas de Tiwanaku para el otro
día, y por la noche terminamos en Ram Jam, un restaurante y pub muy bueno que nos recomendó otro taxista.
A la mañana siguiente nos pasaron a buscar para la excursión a las ruinas pre-incaicas en las que el presidente Evo Morales realizó el acto de asunción del mando. Allí almorzamos llama y como a las 16 regresamos a La Paz. Luego de dar unas vueltas, esa noche nos conformamos con unas pizzas.
El domingo nos levantamos, desayunamos en el Torino y nos tomamos un taxi hacia el Cementerio, lugar de donde parten los buses hacia Copacabana. El camino hacia esta famosa localidad nos permitió descubrir uno de los paisajes más lindos. Al llegar nos esperaba una chica de la agencia Andes Amazonia para vendernos el tour a la Isla del Sol, adonde nos llevaron en lancha. Aprovechamos para reservar también el ómnibus a Cusco, con parada en Puno, y realizar una visita a la isla de los Uros. Realmente barato.
Navegamos el hermoso lago Titicaca, el más alto del planeta, hasta la Isla del Sol. Allí subimos una mortal escalera que nos llevó como 40 minutos trepar. Una vez en la cima de la isla, comenzamos nuestra caminata de 3 horas, que nos depositó en la parte Norte. Poco antes de llegar comenzó a llover tenuemente, así que nos refugiamos en el primer pobladito que nos salió al paso, en donde tomamos un bote al mando de Richard, un chico de 15 años, quien completó el tramo. Una vez en el Norte, nos alojamos en el hostal de Antonia, muy lindo, muy precario y muy limpio, de nombre Manco Cápac. María Elena, su nieta, se dedicó a indicarnos los lugares que debíamos visitar. Por la noche, sin luz (no hay luz fuera de las casas), nos fuimos a comer a Arenales alumbrados con una linternita. Comimos de manera espectacular, atendidos por Joaquín.
Nos levantamos temprano para ver el amanecer en la Isla del Sol. Realmente, hermoso. Luego se largó a llover nuevamente, en el momento en que nos preparábamos para volver caminando a la parte Sur por otro camino. Nos hicimos sopa, así que volvimos al hostal para esperar la lancha que nos iba a llevar a la parte Sur al mediodía. A media mañana paró de llover y salió un sol espectacular, de modo que salimos a caminar hasta las ruinas, en donde no nos dejaron entrar porque no teníamos los tickets del peaje que nos cobraron en la parte Norte de la isla.
Finalmente tomamos la lancha y llegamos a la parte Sur, adonde nos comimos unas exquisitas truchas en el comedor de Javier. Nos íbamos a quedar esa noche allí, pero como ello implicaba que teníamos que volver a subir esa escalera de la llegada, decidimos volver a Copacabana, para alojarnos en el Hotel Andes, muy bueno. Esa noche salimos de recorrida, para cenar en un restaurante muy lindo, en donde tuvimos que terminar de comer a la luz de las velas debido a un “oportuno” corte de luz.
El martes nos despertamos como a las 8 y nos pusimos a ordenar las mochilas. También visitamos la iglesia de Copacabana, muy hermosa, para salir al mediodía rumbo a Puno, en donde debimos dejar los bolsos en la terminal y salir de apuro para tomar la lancha a la Isla de los Uros. En la combi conocimos a dos chicos de Córdoba, a una pareja de Bariloche y a otra de Chile. Visitamos dos islas, comimos totora y anduvimos en una balsa de juncos. Fue una experiencia formidable. Después regresamos con nuestros nuevos amigos a la terminal y estuvimos tomando unos mates mientras esperábamos la salida del bus a Cusco.
Destino final, Machu Picchu
Partimos a las 21 para llegar a Cusco a las 5 de la mañana. Allí nos esperaba una persona que nos había mandado Walter, de la empresa
ATV Adventures, a quien le habíamos contratado el “Inka Jungle Trail”. El nos llevó al hotel Imperial Palace, bastante malo para lo que nos cobraron.
Descansamos durante un rato y nos fuimos a dar unas vueltas por el centro y la Plaza de Armas. De paso, fuimos a la agencia y arreglamos el tour que iniciaríamos al día siguiente. Desayunamos en Mamá Amérika: mortal. Luego compramos el boleto turístico y contratamos un city tour, que nos llevó a Qoricancha, Saqsayguaman, Q´enqo, Tambomachay y Pukapukara, ruinas que están en los alrededores de Cusco. Por la noche, luego de sobrevivir al acoso de los vendedores de cenas para los restaurantes, nos fuimos a comer con los cordobeses.
Al otro día, a las 7:30, nos buscó un taxi para llevarnos a la terminal, adonde iniciamos nuestro Inka Jungle Trail. Allí nos esperaba toda la comitiva de la agencia, incluidos Joao y Elías, nuestros guías. El colectivo, una batidora, y el camino de cornisa, exigente.

Finalmente bajamos en un paraje para almorzar y nos preparamos para comenzar nuestro descenso en bicicletas de montaña, que, a pesar de algunos percances, fue fantástico, como el paisaje Y como estábamos en época de carnavales, cuando nos acercábamos a algún pobladito salían a recibirnos decenas de chicos al grito de “¡Gringos!, ¡gringos!”, tras lo cual nos tiraban agua, la que más de una vez fue bien recibida.
Hicimos una parada en el medio con el fin de reponer líquido, momento que aprovechamos para tender una emboscada a unos franceses que venían detrás de nosotros también en bicis… ¡Los hicimos sopa! Retomamos el camino y luego de 5 horas y pico, llegamos molidos a Santa María, punto final de la travesía en bicicleta.
Al otro día, a las 5:30, comenzamos a caminar hacia nuestra meta. El camino era por momentos dificultoso, todo selva y cornisa. A media mañana paramos en lo de Alicia para comer unos mangos y tomar un poco de agua fresca. Seguimos caminando hasta el mediodía y llegamos a San José, adonde paramos a comer unos spaghettis con salsa de atún. Nos refrescamos en un río heladísimo que pasaba por ahí cerca y luego retomamos la caminata al rayo del sol, para encontrarnos con algunas cascadas heladas y refrescantes en el sendero. Llegamos a la oroya, nuestra sorpresa del día porque a los 15 minutos nos encontramos con las Termas de Santa Teresa, en donde estuvimos como dos horas adentro del agua. Unos 40 minutos después dimos con el poblado del mismo nombre, adonde nos alojamos en lo de Genaro, en el Hostal del Inka. Descansamos un rato, nos bañamos y nos fuimos a cenar. Joao nos sorprendió con lomo saltado.
El sábado nos levantamos a las 7:30 y tras desayunar, una oroya nos llevó al otro lado del río, adonde tomamos un camión hasta la Hidroeléctrica. Luego de almorzar partimos hacia Aguas Calientes caminando por las vías del tren, y luego de alojarnos nos dirigimos a las termas, impactantes con su olor a azufre y a minerales.

Nos llevaron el desayuno a la habitación a las 4:30 y a las 5 comenzamos la caminata a Machu Picchu, subiendo por las legendarias escaleras, así que estábamos un poco cansados al llegar. Pero una vez que atravesamos la entrada, comenzamos a sentir esa sensación energizante que sólo se siente en la Montaña Sagrada de los Inkas.
Habíamos llegado y no tomábamos conciencia de semejante acontecimiento. Templos, parques, terrazas sembradas, almacenes, relojes y la historia de la civilización que construyó esta ciudad oculta sobre el “monte viejo”, desfilaron ante nuestros ojos. No parábamos de caminar: nos sentíamos maravillados. No pudimos sustraernos del hechizo y nos tomamos el tiempo suficiente como para contemplar semejante vista y energizarnos nuevamente.
Emprendimos el regreso, descendente ahora, al mediodía. Comimos unas pizzas, nos tiramos en una sombra para hacer tiempo y a las 15:30 tomamos el tren a Ollantaytambo. Allí abordamos una combi completamente fuera de la ley (casi nos meten presos) hasta Urubamba, y de ahí, un destartalado colectivo nos trasladó hasta Cusco, adonde llegamos a la noche. Cenamos en “Los Perros”, al lado del hotel: buenísimo.
Maravilloso Machu Picchu: hoy nos sentimos orgullosos de nuestra expedición al corazón de la civilización incaica, siguiendo caminos y sendas que sólo transitan los aventureros.
agosto 9th, 2010 → 6:28 pm @ eduardo












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