Cruce de los Andes

Rita Armbruster, Débora Maier, Schatzi Bachmann, Jorge Soncini y Gerardo Seri cruzaron la cordillera por el Paso León-Cochamó, en una travesía inolvidable que comenzó en Bariloche el 17 de febrero de este año, para finalizar siete días después.

Hacía unos meses que estábamos programando una caminata a Chile, esta vez atravesando el Paso León (río Manso) y llegando a Cochamó, Chile, situada a orillas del seno de Reloncaví, sobre la costa del Océano Pacífico. Cada uno por su lado buscó información, mapas, listas de necesidades, etc. etc., hasta que decidimos juntarnos para ultimar detalles en un restaurant céntrico de Bariloche.

La idea era llevar poco equipaje, con la comida estrictamente necesaria, ya que tendríamos que llevar todo en la mochila y la caminata, según nos habían informado amigos que ya la habían hecho, era bastante dura. Por la misma razón decidimos llevar dos sobretechos en vez de carpas.

La expedición comenzó cuando nos encontramos Gerardo, Jorge y Schatzi a las 18 en la Terminal para tomar el ómnibus de la línea 3 de Mayo rumbo a río Manso. Fueron dos horas de viaje, primero por la ruta asfaltada ex 258 y ahora 40 hasta el desvío en río Villegas, y luego por la ruta de tierra Provincial 83 hasta la Terminal de ómnibus de río Manso inferior. Allí vive la familia Montes.Mientras esperábamos que llegaran Rita y su hija Débora, los Montes nos contaron de sus vidas allá en el Manso: las cacerías de pumas, el servicio militar, las cosechas, las nevadas… Historias de gente argentina allá en la frontera. Esa noche cenamos chorizos y tortas fritas, comidas de campo totalmente caseras, y nuestra primera noche se desarrolló en mullidas camas de la pensión que posee la familia. Luego, el cacareo de los gallos nos despertó al amanecer. Después de dar cuenta de un opíparo desayuno, emprendimos la marcha hacia la frontera.

Caminamos por la pasarela del camping de John y caminamos hasta la Gendarmería, distante unos dos kilómetros. Hicimos los papeles y tuvimos que desandar el camino hasta la pasarela, en donde nos esperaba el hijo de John, que nos condujo hasta la famosa casa en cuyo patio se encuentra el Hito Internacional. Este paso se encuentra a 400 m.s.n.m.

En territorio chileno

Pasamos por el nuevo puente sobre el río Manso, ya en territorio chileno, rumbo al retén de Carabineros para asentar nuestro ingreso. Nos contactamos con el señor Masías, al que le alquilamos un caballo pilchero para cargar nuestras mochilas. Así que a partir de allí, don Masías nos hizo de guía durante dos días. Después nos dimos cuenta de que fue una inversión muy acertada, porque las pendientes eran muy pronunciadas y por suerte no debíamos cargar las mochilas en nuestras espaldas.

Caminamos siempre por un sendero a orillas del río Manso, que a estas alturas de manso no tenía nada. Muchos rápidos y paisajes extraordinarios se iban presentando delante de nuestros ojos. La flora, impenetrable, típica de la Selva Valdiviana, nos salía al encuentro entre ulmos, canelos y lianas por todos lados, junto con árboles de diferentes tamaños y flores de hermosos colores.

Se hacía ya tarde y decidimos pernoctar a orillas del río Manso, en donde presenta un hermoso remanso. Mientras don Masías se encargaba de los caballos, nosotros preparábamos los lugares para dormir y Débora, el fueguito para hacer la cena.

Habíamos llevado comida deshidratada, sopas, quesos, latitas, té ,café en saquitos, chocolates, fruta, pan y galletitas .

Dormimos muy cómodos debajo de los sobretechos y dentro de nuestras bolsas de dormir, que habíamos colocado sobre los rollitos aislantes. A la mañana siguiente tomamos un delicioso desayuno, acompañados de los martín pescador que buscaban su alimento en el río, de varias hualas y de uno que otro chimango, mientras que en la espesura del bosque escuchábamos al chucao y al huet-huet.

Mientras don Masías buscaba los caballos, nosotros desarmamos el campamento. De pronto, y cuando ya estábamos listos para empezar a caminar, don Masías apareció agitado con la noticia de que los caballos se le habían escapado… Tuvimos que esperar a que los encontrara, ensillarlos y colocar nuevamente las mochilas sobre el pilchero.

Comenzamos a caminar el segundo día, pasamos el río Torrentoso y comenzaron las subidas muy empinadas atravesando bosques de alerces milenarios, para llegar al lago Vidal Gormaz.

En la cabecera Sur de este lago vive una familia, a la que le compramos pan, y como nos habíamos olvidado el mapa, nos indicaron muy bien cómo seguir nuestra caminata. Muy pronto dejaríamos el caballo pilchero y a su dueño. Allí justo nos cruzamos con una guía que llevaba a unos alemanes que estaban haciendo esta travesía a caballo al revés que nosotros.

Caminamos todo el largo del lago Vidal Gormaz hacia el Norte. Aquí, Gerardo tuvo una picadura de un insecto que no pudimos determinar y empezó a sentir que se le hinchaba la mano. Llegamos ya por la tarde a otra vivienda de pobladores, en donde compramos más pan y nos despedimos de don Masías. Y como nos gustó una playa cercana, allí decidimos acampar. ¡Gran error!… La playa era hermosa, es cierto, y ni bien llegamos, tras descansar un ratito, nos pusimos las mallas y… ¡a nadar! Después de una riquísima cena nos fuimos a dormir… Hasta aquí, todo bien. Pero a la mañana siguiente nos sorprendió una neblina tremenda y cuando fuimos a buscar las cosas que no habían quedado debajo de los sobretechos, nos encontramos que estaban empapadas por obra del rocío (enseñanza: había que haber pernoctado en un lugar más alto).

Qué llevar en una caminata larga

Ropa cómoda y holgada. Pantalones con piernas desmontables, buzo, remeras, pañuelo de cuello, malla, calzado fuerte y ya usado (así se evitarán ampollas), un par de zapatillas y un par de ojotas o alpargatas.

Tres pares de medias absorbentes. Tener bien cortas las uñas de los pies.

Sombrero, anteojos, protector solar y capa para la lluvia.

Comida deshidratada. El pan se compra en las casas de los pobladores.

Botiquin con antihistamínicos (cuidado con las picaduras de tábanos o chaquetas amarillas).

Carpa liviana o sobretecho). Aislante, bolsa de dormir abrigada (aunque sea verano).

Cámara fotográfica, mapa, brújula, silbato, fósforos (en bolsita plástica para evitar que se mojen).

Una sorpresita para compartir (caramelos, chocolatines, etc., etc.).

No hay señal de celulares. Recordar que se pasa a chile.

Fue un amanecer espectacular. A medida que el sol salía de atrás de unos cerros muy altos, el paisaje se iba llenando de colores y se comenzaban a reflejar en el lago, que de tan calmo parecía un espejo, el cielo y las montañas. La mano de Gerardo estaba más hinchada que el día anterior y, lógicamente, todos estábamos un poco preocupados.

Cuando empezamos nuevamente a caminar, pasamos por el hogar de la familia Bahamonde, en donde la abuela, al ver la mano de Gerardo, le dio una crema mentolada para que se untara. Le anunció que no era nada grave y que en dos días se le iba a deshinchar. Pero no fue así, ya que se aumentó también el tamaño de su antebrazo.

Cruzamos un arroyo, tal como nos había dicho la abuela, y caminamos ladera arriba siguiendo, como único referente del sendero, la bosta de los caballos, ya que no hay ninguna clase de señalización escrita. Caminábamos por cárcavas provocadas por el continuo tránsito de cabalgaduras desde tiempos remotos.

En estos profundos senderos corría agua y estaban muy barrosos, lo cual no nos permitía caminar por el fondo. Así que tuvimos que hacerlo apoyando los pies en los laterales, pasos que bautizamos “de las hemorroides”.

Llegamos al lago Grande después de mucho caminar cuesta arriba entre bosques de alerces milenarios y troncos Mobdro App forrados de guirnaldas de flores multicolores, que formaban verdaderos jardincitos de chilco, taique, estrellitas y plantas hermosas como el fuinque y tineo, el mañío y el canelo.

Todos estábamos muy preocupado por la evolución de la picadura en la mano de Gerardo y después de una charla en medio de la selva, implementamos un hospital de campaña para colocarle una inyección de Decadrón. De camilla utilizamos un aislante, sobre el que se colocó boca abajo. Rita, que tenía experiencia en vacunar a su perro, tomó la jeringa y con maestría lo inyectó en la nalga. Lo tapamos con una mantita que teníamos y lo dejamos descansar un rato.

Entre chiste y chiste, de los de humor negro y de los otros, lágrimas de tensión y risas de relajamiento, comenzó a bajar la hinchazón, tras lo cual emprendimos nuevamente la caminata. Al fondo del lago Grande volvimos a acampar y, como es nuestra costumbre, ¡al agua! Allí nos cruzó un caminante solitario que provenía de Santiago de Chile y que iba rumbo al Paso León.

Rumbo a Cochamó

A la mañana siguiente ya no teníamos la preocupación de la mano y del brazo de Gerardo. Lo positivo que rescatamos de esta experiencia es que siempre hay que llevar antihistamínicos para suministrar por vía oral o inyectable. Seguimos caminando por eso que llamábamos senderos, llenos de raíces, ramas y troncos puestos horizontalmente y en paralelo, que pisábamos para no hacerlo en el barro que se iba formando con la lluvia que había comenzado a caer, y que se convirtió en torrencial. Con las capas y camperas ya colocadas, llegamos a El Arco, donde el río que tuvimos que vadear pasa por un arco de roca que se encuentra forrado de vegetación. ¡Una maravilla!

Completamente mojados, encontramos una casa en una hermosa pampita. Pensamos que viviría allí algún poblador, pero nadie salió a recibirnos. Abrimos la puerta y nos encontramos con que en el interior había dos literas, una repisa y restos de ceniza de un fogón en el centro del suelo. Como llovía muy fuerte, típico de esta zona del sur de Chile, cuya vegetación es muy abundante aunque la copa de los árboles deja pasar la lluvia, no nos quedó más remedio que entrar. Encendimos el fuego con la poca madera que encontramos seca y nos pusimos a secar nuestras cosas…, en realidad, a ahumar todo. Por suerte la casa tenía hendiduras por todos lados, así que el humo salía al exterior no sólo por el techo sino también por las paredes. Por si llegaba algún morador, dejamos las literas desocupadas y nos aprestamos, después de consumir una exquisita cena, a preparar las bolsas de dormir sobre los sobre techos dispuestos en el suelo.

Pasó la noche y a la mañana siguiente seguía lloviendo. Deliberamos hacia dónde teníamos que seguir: Rita decía que a la derecha; Jorge miraba las montañas y decía que a la izquierda; Schatzi afirmaba que Cochamó quedaba al Sudoeste; y Jorge tomó la brújula, que indicaba que a la izquierda quedaba el sudoeste.

Cuando dejó de llovar, arovechamos para salir, cruzamos el río Cochamó y nos dirigimos hacia el Sudoeste. A poco tiempo de caminar encontramos una cascada bellísima que baña una roca muy lisa. Y, de pronto, nos topamos con… ¡gente!… Hombres jóvenes portando elementos de escalada, un refugio, una mujer que por su tonada era argentina, un bebé y cabañas. Habíamos llegado al paraíso de la escalada: ¡el refugio Cochamó!

Un matrimonio con su hijito vivían allí durante el verano, y atendían a los escaladores que intentaban subir unas espectaculares montañas de granito pulido. La señora nos vendió 6 panes recién sacados del horno.

Almorzamos a orillas del hermoso río Cochamó con esos exquisitos panecillos y lo que nos quedaba de paté, y seguimos el camino, ahora por una senda bien marcada al costado del alambrado de varias propiedades privadas.

Un nuevo obstáculo se nos presentó: a raíz de la gran cantidad de agua caída en las montañas, los arroyitos se Mobdro APK transformaron en verdaderos río caudalosos. Tuvimos que vadear uno ayudados por unos muchachos que habían ido a escalar y que, gracias a Dios, se encontraban en ese lugar. Hicimos una cadena humana tomados todos de la mano y cruzamos el río enfrentando la corriente, haciendo pasos sin cruzar los pies y con el tronco un poco inclinado hacia delante, como para hacer de contrapeso a las mochilas que llevábamos. No nos importó mojarnos hasta más arriba de las rodillas, ya que estábamos empapados.

Así caminamos unas cinco horas más hasta que llegamos al asfalto. Había un puente sobre la ruta y no encontramos ningún cartel que nos indicara la dirección a Cochamó.

Rita y Deby se acercaron a una casa para preguntar si allí podíamos pernoctar, ya que se había hecho de noche. Regresaron con un señor en una camioneta, quien nos llevó a Cochamó, distante unos cinco kilómetros de allí.

La verdad es que cuando vimos el alojamiento y el baño con agua caliente, no dudamos en quedarnos allí. Nos prepararon una exquisita cena, lógicamente regada con pisco, para festejar nuestra travesía. ¡Qué manera de reírnos! De disfrutar de las anécdotas de los días pasados. ¿Cansancio? Ni lo sentíamos… hasta que nos fuimos a dormir…

A la mañana siguiente, sol, calorcito y sin las mochilas salimos a pasear por el poblado de pescadores. Entramos a la hermosa iglesia construida en tejuelas de alerce, pasamos por la sala médica para que algún profesional de la medicina viera la mano y el brazo de Gerardo (le pusieron otro antihistamínico) y luego caminamos rumbo a la costanera, adonde los pescadores artesanales estaban preparando sus botes, redes y demás enseres para hacerse a la mar. Nos sentamos a orillas del seno o estuario de Reloncaví esperando que se hiciera la hora de tomar el colectivo que nos llevaría a Puerto Montt. Ya en esta importante ciudad del sur de Chile, pernoctamos en un hostal, que nos dejó la experiencia de que en Chile es preferible gastar unos pesos más y tener mejores comodidades.

El viernes tomamos el ómnibus de larga distancia que nos condujo a San Carlos de Bariloche, en cuya Terminal estaban Paula, la mujer de Gerardo; Bruno, el marido de Rita; y Martín, el esposo de Deby. Nos fuimos todos a cenar un rico asado con ensalada, que nos habían preparado.

¿Qué rescatamos de ésta experiencia? Que formamos un grupo maravilloso, totalmente heterogéneo en cuanto a las edades. Cuatro de los cinco éramos de décadas diferentes: 32, 52, 62, 64 y 76 años. Que teníamos diferente estado físico -unos más entrenados que otros-, y que igualmente lo pudimos hacer. Que teníamos un objetivo común: disfrutar y sentir la naturaleza; ver, observar, oler los diferentes aromas, tocar las diferentes texturas, oír los diferentes sonidos de aves, arroyos, silencios… Nos dimos cuenta de que se puede vivir esta experiencia; de que sólo hay que proponérselo. ¡Y de que nosotros fuimos capaces de hacerlo! También, de que a la naturaleza hay que respetarla y cuidarla. Y de que en las experiencias en la naturaleza somos uno para todos y todos para uno.