Un grupo de personas de distintas edades recorrió en cuatriciclos un tramo de la Pehuenia, respetando los senderos trazados por los propietarios de la tierra, una tribu mapuche, con el fin de preservar la naturaleza.
El Pehuén y el valor de la vida
Entre los mapuches, el pehuén (araucaria, para los de afuera) era sinónimo de supervivencia. Es que sus valiosísimos frutos, hoy desechados por la población, eran aprovechados por la comunidad original como alimento.
En efecto, con sus semillas (o piñones) hacían pan y hasta vino, cuando no las usaban para hacer guisados. Las araucarias crecen, ya sea en bosques ralos como en solitario, a unos 1000 m.s.n.m.. Su distribución de Norte a Sur es relativamente pequeña: desde el lago Caviahue hasta la parte norte del lago Lolog, aunque crece a ambos lados de los Andes. De crecimiento lento, puede alcanzar, sin embargo, los 40 metros de altura y llegar a vivir hasta 1000 años (se han encontrado árboles de 3000 años de edad).
Su madera es muy apreciada debido a su gran calidad, pero su explotación se encuentra absolutamente limitada debido a las características tan particulares de la especie. Tanto es así que en la década del ´40 se creó el Parque Caviahue-Copahue, asegurándose de esta manera la preservación de las araucarias, cuya importancia está dada por el nombre de la región en la que prolifera: la Pehuenia
El punto de encuentro fue el Parador del Lago, en donde la gente de Villa Pehuenia nos equipó y nos entregó las viandas, ya que la travesía nos requeriría unas 3 horas, aproximadamente.
Nos dieron las instrucciones de manejo de los comandos de los cuatriciclos y los detalles sobre cómo se desarrollaría el viaje, así como también las reglas a respetar. En el caso de los chicos que nos acompañaron y que no tenían experiencia en el manejo de los vehículos, se les dio lecciones de cómo llevarlos sin problemas.
Una vez listos y con los cascos puestos, comenzamos el avance en fila india, encabezados por nuestro guía, quien nos hizo hacer un recorrido por el puebloantes de dirigirnos en dirección al volcán Matea Mahuida, que domina el valle adonde está ubicada esta localidad.
Anduvimos por senderos secundarios rodeados de plantaciones de pinos aúnjóvenes y de media altura, y tuvimos que cruzar algunos pequeños cursos de agua.
Por fin llegamos a nuestra primera parada, desde donde tuvimos una vista abarcadora del parque de esquí Batea Mahuida, que se encuentra en manos de la comunidad mapuche de la región, cuyos integrantes se ocupan de llevar a cabo todas las tareas, inclusive la de enseñanza del esquí. Para ello, el parque cuenta con tres sistemas de remontes con diferentes dificultades y longitudes.
Seguimos por un camino que nos llevó a la laguna del cráter del volcán, hastadonde se puede llegar inclusive en automóvil, pero en nuestro caso nos desviamos para tomar una posición más alta sobre la otra margen de la laguna,desde donde accedimos a una vista increíble del valle y, más a lo lejos, de villa Pehuenia, todo circundado por los lagos Aluminé y Moquehue. También desde la parte superior de Batea Mahuida se divisa el lado chileno, en donde se destaca el Lago Icalma, y hasta la naciente del río Bío Bío, unos de los más importantes del país hermano, recordado por la historia debido a su papel en la resistencia mapuche en la época de la conquista española, cuando ese pueblo les marcó el límite Sur a los conquistadores españoles, que jamás pudieron traspasar sus orillas. A lo lejos se dejan ver las cimas nevadas de los volcanes que se encuentran en territorio chileno, prodigando una vista increíble.
Ahora descendemos para internarnos en un bosque de araucarias, en el que merendamos, tomamos un poco de líquido y exploramos brevemente el bosque para intuir sus ocultas criaturas.
El guía se encargó de que conociéramos cada uno de los secretos de estos árboles gigantes, que están en esa zona desde hace miles de años. Recorremos el bosque por senderos muy bien delimitados, ya que se encuentra terminantemente prohibido abandonarlos debido al peligro de dañarlo.
En el camino vimos una tropilla que se desplazaba libremente por la ladera de la montaña. La belleza del paisaje y la sensación de libertad que destilaban los animales galopando por las laderas, contagiaron nuestros propios espíritus, a la par que le dieron un toque más de color al recorrido.
Volvimos a transitar por los senderos para descender de la montaña y disfrutar de la vista del valle, tratando de retener cada una de las imágenes e ingresarlas en nuestra memoria para siempre.
Volvimos al punto de partida. Pero ahora nos sentíamos plenos, con la sensación de haber experimentado una vez más la danza de la naturaleza.
mayo 13th, 2008 → 7:32 pm @ eduardo












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